Jacques Lecoq. © Michaël Callaway

Decía el otro día un amigo, director de escena: “Fíjate que llevo toda mi vida dedicándome a hacer teatro, a contar cuentos y a improvisar. Con la mala fama que se le ha dado a esas tres cosas”.

Efectivamente, “Tú lo que tienes es mucho teatro”, “Hacer teatrillos”, “No me vengas con cuentos”, “Eso son cuentos chinos” o “No me gusta dejar nada a la improvisación.”

De hecho, después de una campaña electoral sin apenas referencia por parte de político alguno a la cultura y mucho menos a las artes escénicas, en estos días de investiduras nos vienen obsequiando con intervenciones repletas de referencias al teatro que ahondan en estas connotaciones:

«Confío en que Pedro Sánchez no vaya a la sesión de investidura a hacer un teatro» (Pablo Iglesias)

«Nadie se piense que al PSOE se les puede medir con numeritos ni con teatrillos, no» (César Luena)

“Así comienza el vodevil de la negociación a dos bandas, que nos ha tenido entretenidos como una comedia de enredo en un escenario con dos puertas…” (Mariano Rajoy)

Lo cierto es que la asociación del teatro con lo fingido, lo impostado, lo poco serio y poco planificado contrasta con la realidad de una profesión donde se ensaya durante meses cada detalle, desde lo técnico hasta cada matiz de la actuación de, a menudo, un equipo de muchísimos profesionales donde hay que armonizar, encauzar tensiones, egos, talentos…

Aunque el teatro no se diferencia tanto de muchas otras labores con tiempo limitado, presión y riesgo, en el imaginario popular todavía pesan más las historias de vida disoluta de ciertos cómicos, de cierta ligereza en procesos de trabajo artístico poco profesionalizados.

Contar bien un cuento no es sólo fruto de la inspiración de los astros, ni del gracejo natural de cada quien. Tiene técnicas muy precisas que se dominan con el conocimiento y la práctica. Lo mismo que la improvisación no significa que valga cualquier cosa cuando uno va poco preparado. Muy al contrario, dominar el arte de la improvisación supone tener habilidades relacionadas con la capacidad de reacción y atención. Si sólo decimos y hacemos bien cuando todo se acomoda a lo preparado, difícilmente sabremos dar buena respuesta a una pregunta con la que no contábamos, o nos costará una barbaridad reconducir una ponencia si un fallo técnico nos anula, por ejemplo, el power point.

Y también en el ámbito no teatral el espectáculo, debe continuar. Siempre. Así que cuanto más preparados nos pille para hacerlo continuar, mucho mejor. Algo que no tiene mucho que ver con fingir o hacer el paripé.

El teatro representa la realidad, la emula. Claro que sí. Pero en ese proceso necesita de la verdad como alimento ineludible. Si no, el público desconecta. Algo parecido a lo que nos ocurre cuando nuestros políticos se entregan al fingimiento o la impostura. Lo llaman hacer teatro. Pero el teatro, por suerte, no es fingir.

Jesús Briones
Coordinador actúaempresa

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